Abstract
Durante mi internado tuve varios casos de pacientes con desnutrición o alteraciones electrolíticas cuyo motivo de consulta inicial era gastritis o golpes de calor. Casos de anemias rechazadas en banco de sangre, que al interrogar tenían el mismo origen: su alimentación. Desde comidas chatarra, horarios irregulares, hasta ayunos autoinducidos de 16 horas (o más) sin nunca haber consultado al personal de salud, todo “investigado” por ellos mismos y vistos como una rutina de fitness o autocuidado normal. Estos casos son el reflejo de una problemática social desatendida, de un México donde uno de cada cincuenta adolescentes vive con riesgo de un trastorno de la conducta alimentaria (TCA), en la capital del país la estadística sube a casi 3 de cada 100 (1), según la fuente más representativa sobre el tema: la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición Continua 2022.
