Abstract
Y ahí estaba yo, en el invierno de 2021, sintiendo otro retortijón en el estómago mientras permanecía devastado en la cama de mi habitación. Con la mirada fija en el techo, me repetía una y otra vez: “¿Qué está mal conmigo?”. El gastroenterólogo habló de una infección por Helicobacter pylori, pero yo intuía que aquello iba más allá de un problema estomacal. Mi cuerpo me hablaba con una voz que no podía silenciar; dolores abdominales incomprendidos por mi familia, insomnio que devoraba mis días y una ansiedad que se aferraba a mí como un frío constante.
